LA SAL DE LA TIERRA

Uno de los grandes problemas de nuestro mundo es la superficialidad y la falta de sentimiento comunitario. Nos sentimos en tierra de nadie sin pertenecer a ningún sitio. El sentimiento de orfandad se ha instalado en nuestra cultura. Se he empoderado el individualismo, el aislamiento, el que cada uno haga lo que tenga que hacer, sin cultivar la gran fuerza que tiene lo comunitario. Por eso la fe lo que busca es despertare una identidad comunitaria. Las imágenes que usa Jesús en el Evangelio son precisamente la luz y la sal que las dos nos viven para sí mismas, sino para los demás. La luz nos busca iluminarse a ella misma. Lo que hace es compartir si luminosidad con toda la realidad para que no viva en tinieblas. La sal no se da sabor a sí misma, sino para que los alimentos no sean sosos. La vida humana es para ser compartida, entregada ofrecida como nos enseña Jesús.

El amor que nos enseña Jesús va más allá de los esquemas de amistad interesada y amor puramente humano, egoísta, que mide los beneficios. El amor que Jesús nos enseña se traduce en una gran valoración y confianza en la otra persona. Ya no nos basta el tener sintonía o una química especial con las demás personas. Amar como Cristo es buscar lo mejor para cada uno, promocionar al máximo, un amor que consagra, que aspira a la perfección del otro desde los ojos de Dios. Querer a las personas creyendo en ellas y confiando en ellas, buscando su mayor promoción, sacando la mejor versión de cada uno. Es un amor que viene de Dios, y por tanto que se encarna: cuanto más divino sea el amor, más humano se vuelve; cuanto más humano sea, más divino se vuelve. Estamos tan alejados o tan cercanos a Dios como al hermano, y por ello, la dimensión teologal de su amor se abraza a la dimensión fraterna como los dos leños que forman una misma cruz.

Que la luz de Dios venga a nosotros, y su sal de sabor a nuestros días, a nuestras decisiones y a nuestras elecciones, supone vivir en modo resucitado. Lo que pedimos es que todo lo que se convierte en buenas intenciones vaya filtrándose al resto de nuestra vida para que se vaya convirtiendo en acciones. Pasar de la teoría a la práctica. De la oscuridad a las tinieblas. De llevar vidas insulsas y apáticas a tener un corazón ardiente que encienda el amor en los demás. Las dimensiones de la vida espiritual están entrelazadas de forma inseparable: el amor parte de Dios, de la oración, orar es amar; es, también, un amor crucificado, que no busca aparentar ni agradar al otro sino llevarle a su máximo bien; la lucha consigo mismo es para dejar el espacio al nosotros, a un amor sin mezclas continuas de egoísmo; amar es sobre todo promocionar al otro, iluminarle, no deslumbrarle. Buscar la fidelidad conjunta a Dios, ayudarnos en un seguimiento radical y afín; amar es compartir la misión, que el otro conozca a Cristo y se quede con él y que sea su apóstol.